Publicación Julio 2008/Lectura/
Una lengua, un autor y una obra inmortal
Por:
Mariano Lozano Ramírez
marianolozanor@gmail.com
Tres expresiones connaturales para una reflexión.
La lengua, ese extraordinario sistema de signos lingüísticos y no lingüísticos creado por los humanos para nominar e interactuar con los demás, fruto social de la facultad del lenguaje, que se concretiza individualmente en las distintas comunidades o grupos sociales, grandes o pequeños, a través de las diversas manifestaciones y niveles de habla, tiene cada año, con el pueblo que la usa, una cita para la reflexión. Por consiguiente, el 23 de abril se fijó como fecha para recordar al ingenio de los ingenios y su inmortal obra, misión que tenemos todos los que hablamos español para reclamar a los demás este innegable e insustituible compromiso, del que, infortunadamente, cada vez se dice menos, en los colegios, centros académicos, culturales y, en especial, en los medios de comunicación: radio, prensa, televisión e Internet.
Para empezar esta reflexión, es importante, entonces, hacer algunas preguntas acerca del legado histórico que por herencia e inteligencia usamos como medio de expresión para transmitir ideas, sentimientos, emociones o estados de ánimo en situaciones concretas de habla. ¿Sabe usted qué significa celebrar por un día las glorias de nuestra lengua nacional? ¿Tal vez su lengua merezca más de una celebración? ¿El 23 de abril de cada año le dice algo? ¿Asistió a alguna conferencia o leyó sobre su lengua materna en esa fecha? ¿Recuerda al ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha? ¿Se siente iberoamericano, hispanoamericano o latinoamericano? ¿Colombia es el país que mejor utiliza la lengua española? ¿La jerga estudiantil es un buen modelo de habla? ¿Nuestro suelo patrio necesita de otra lengua para satisfacer las necesidades comunicativas?
En el mundo iberoamericano, hablar de la lengua castellana o del español es hablar de la lengua de Cervantes, encarnada en su magistral obra Don Quijote de la Mancha. Cervantes, el Quijote y el idioma castellano son expresiones sinonímicas para cuantos tenemos la suerte de hablar y escribir en español. Por tanto, la efemérides que celebramos el pasado mes de abril permite comprender la importancia de nuestra realidad lingüística, enriquecida por las civilizaciones que pasaron por la Península Ibérica y la mezcla entre el indígena sometido, llevado casi al exterminio, el negro africano esclavizado por el opresor y el blanco que trajo a estos dominios su lengua, para lograr los propósitos de conquista.
Sin embargo, es justo reconocer que la herencia lingüística, germen de la hermandad hispanoamericana, guineana y filipina, permite hoy considerar el español como la segunda lengua en el mundo, una de las que más personas hablan y escriben (400 millones de almas). Conviene pensar en nuestro idioma, revisar las páginas de la Internet y observar, con detenimiento, el auge de nuestra lengua en artículos y publicaciones provenientes de diversos rincones del mundo, lo que facilita la navegación por el ciberespacio y muestra con orgullo la lengua que desde siempre ha inmortalizado las grandes obras que guardan celosamente el pensamiento de prohombres que tienen como cultura el español o la lengua castellana.
Ya no basta recordar a Cervantes y al Quijote únicamente en el mes de abril, pues en América tenemos otros quijotes que representan nuestra estirpe y magnifican la raza americana: Borges, Asturias, Neruda, García Márquez, Mutis, Isaacs, Rivera, Gallegos, De la Vega, Icaza, Sarmiento, Martí, Rubén Darío, Azuela, Rulfo, Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar, Octavio Paz y otros tantos que están por ahí, tan importantes como los señalados, pero que por no pertenecer al círculo de los “llamados”, no se mencionan en fechas trascendentales.
El amor por la lengua que hablamos se debe exteriorizar con fechas o sin ellas, pues todos los días debemos rendirle culto al idioma utilizándolo de la mejor manera, es decir, con claridad, precisión y sencillez. Pensar muy bien lo que se quiere comunicar, utilizar siempre la palabra adecuada para la situación de habla y la expresión sencilla en el uso del vocabulario de tal forma que refleje el nivel cultural del hablante, es la clave del buen decir. No sin razón, en épocas anteriores, Rufino José Cuervo, Miguel Antonio Caro, Marco Fidel Suárez, Tomás Carrasquilla, Rafael Pombo, José A. Silva, entre otros, se esmeraban por el buen uso de la lengua y en sabias disquisiciones defendían y velaban por la conservación y la unidad del patrimonio cultural lingüístico. Hoy, afortunadamente, tenemos la Academia Colombiana de la Lengua y el Instituto Caro y Cuervo, continuadores de esa ingente labor. ¿Pero usted les hace caso? ¿O sigue la línea anárquica de los indiferentes?
Todo tiempo pasado fue mejor, reza el viejo proverbio popular, pero si lo retrotraemos al presente, seguramente en cuestiones de lengua, el sabio refrán tiene mucha razón. El cambio lingüístico es necesario para la evolución de la lengua, pero la deformación e incorrección impide su real crecimiento; es suficiente observar y aceptar los cambios propios de la sociedad y con ellos los cambios necesarios de la lengua, pues ésta debe estar siempre al servicio de la comunidad que la emplea. En cuestiones idiomáticas según la cultura y el nivel de las gentes, todo debe cambiar y ha cambiado, no hay sorpresas, es lo esperado, pero la manera como los grupos juveniles usan, hoy por hoy la lengua, le da la razón al viejo adagio. Es importante y maravilloso oír hablar a los mayores, en estos tiempos cambiantes, pero inconveniente en no pocos casos, oír hablar a los jóvenes que son el futuro de nuestra patria. Palabras de “gran calibre” se escuchan en boca de hombres y mujeres jóvenes, y parece que sin recato alguno las emplean más y más, hasta convertirlas en muletillas y vocablos de uso familiar, coloquial y, lo que es más grave, académico y cultural.
Ayer, tal vez, Cuervo y otros de su generación expresaban con elegancia palabras como cáspita, recórcholis, refriega, embromarse, a la porra, bobito, majadero, ni de fundas, mija, mijito, joven, niña, ropero, guardarropas, pordiosero, ocaso, crepúsculo, patán, irrespetuoso, basuriego, para referirse a situaciones interjectivas o a realidades concretas; hoy, nuestros jóvenes utilizan el “madrazo”, todo lo referente al homosexualismo, a lo sexual, a las enfermedades más horrendas, a las partes pudendas de los seres humanos, a los vicios y degradaciones, para expresar sin tapujos ni consideración alguna ideas y sentimientos llenos de significados incomprensibles. Todo esto junto con el uso moderno de los medios interactivos, los celulares, las palm y la Internet, que ya no dejan pensar por completo sino que con el uso de signos o claves, en muchos casos crípticos para el común de las gentes, impiden la fluidez en la comunicación y retardan la comprensión de la información.
En consecuencia, podemos preguntarnos de nuevo, ¿qué de la finalidad del lenguaje y la eficacia de la comunicación? No quiero decir con esto que el lenguaje jergal o juvenil no sea eficaz para ese grupo social. Pero, ¿a qué costo frente a las otras formas de habla? ¿Qué está pasando con la lengua general, si muchas de las palabras que los jóvenes universitarios usan tienen otros sentidos? ¿Qué pasa, entonces, con la interrelación docente-discente en el ámbito académico? ¿Cómo es la relación discursiva que hoy se da en el entorno familiar (padres, hijos, hermanos, abuelos)? ¿Cuáles son las fórmulas de respeto? ¿Se perdieron? ¿Sólo basta un hijueputa o un marica, marico, güevón, güevona, güevis, hembra, hembro, la chimba, retrochimba, superchimba, intenso, paniquiarse, rumbeo, pan, drogo, fufurufa, trinca, visaje, entre otras muchas, para cumplir con la intención comunicativa?
Pues bien, amigo lector, ¿qué tal si en un día como hoy hacemos un alto y reflexionamos acerca del uso de este maravilloso instrumento de comunicación, vamos al diccionario de la lengua española y comparamos el significado de las palabras que empleamos y en contraprestación aprendemos a usar mejor la lengua general y dejamos en nuestro depósito mental pasivo esa jerga o malos usos, que trae muchos inconvenientes en las distintas situaciones comunicativas? Nada fácil, pero posible si nos esforzamos por mejorar nuestro léxico. La lengua (palabras, giros, frases o expresiones) muestra el grado de cultura del usuario y se descubre con facilidad, sólo oyéndolo hablar.
Hagamos algo por nuestra lengua ahora y siempre, no esperemos que estos usos y los extranjerismos, que también nos han invadido, entren a formar parte de esas maneras de habla incomprensibles en los jóvenes o en los mayores y arruinen nuestro acervo cultural lingüístico, patrimonio de los hablantes de este maravilloso recurso interindividual. Bienvenidos a un día cualquiera para el buen uso de nuestro idioma patrio.