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Publicación Agosto 2008/Historia/ PARADOJA DE LA HISTORIA

historia

Por:
Alonso Ramírez Campo.
alonsoramirez@hotmail.com

El interés por la historia no surge de una curiosidad por descifrar el pasado; nace de una concepción del presente como movimiento y de la preocupación por encontrar las leyes y el sentido de ese movimiento, para determinar en qué condiciones puede ser eficaz una intervención consciente, una acción destinada a cambiar la evolución espontánea de los fenómenos analizados. Estanislao Zuleta

Decía Heráclito hace más de 2.500 años: “Todo es y no es al mismo tiempo”. Su frase más conocida, “Nadie se baña dos veces en el mismo río con las mismas aguas” –no sólo por el cambio del agua producto del movimiento causado por la corriente, sino por el bañista que tampoco era el mismo, incluido su vestido de baño–, tiene una extraordinaria vigencia para una sociedad como la nuestra que poco o nada tiene que ver con la Grecia antigua del año 544 a.C., año del nacimiento del filósofo del cual sólo nos llegaron fragmentos de su obra, “de la naturaleza”.

Su teoría, conocida como “el devenir”, posteriormente la retomaron filósofos modernos como Hegel y Heidegger para dar cuenta del cambio que se opera en el pensamiento y en la sociedad, para apreciar la realidad y las prácticas sociales que aparecen en las organizaciones y grupos sociales en una época determinada. En esta dirección, me llama poderosamente la atención lo que está sucediendo con la guerrilla colombiana, en especial con las FARC, de cara a los últimos acontecimientos.

La guerrilla colombiana surge como producto de la violencia agraria desatada por el régimen conservador de las primeras décadas del siglo XX en Colombia, pero tiene su punto de efervescencia en 1964, cuando el presidente conservador Guillermo León Valencia bombardea el sur del Tolima. Ese año aparecieron las FARC y, un año después, el ELN y el EPL. Estos tres grupos, a diferencia del M-19, que apareció en 1971 como reacción al fraude electoral de 1970, son de extracción campesina, en especial las FARC, que se autodenominaron por aquellos tiempos “autodefensas campesinas”. Las FARC son hijas de la violencia que causó la exclusión y la parálisis de la reforma agraria planteada en 1936 por Alfonso López Pumarejo, quien, inspirado en las nuevas corrientes liberales, clamaba por modernizar y reformar socialmente al país.

Cuando comienza el siglo XX, bajo la presión de la economía cafetera, de los enclaves imperialistas (banano, petróleo, oro, plata, platino), y de una mayor vinculación por vía del café y las importaciones al mercado mundial, se hace necesaria la modernización del país.

Había que mejorar las comunicaciones, construir carreteras, vías férreas y caminos, y dotar las ciudades de servicios públicos, alfabetizar y educar, lo que implicaba generalizar la educación primaria y el desarrollo de la educación técnica y universitaria. En consecuencia, se inicia un nuevo ciclo de conflictos. Por un lado, la hegemonía conservadora tenía que abocar los procesos de modernización, lo que hace con los recursos cafeteros, la indemnización por Panamá (25 millones de dólares) y los préstamos norteamericanos (200 millones de dólares), oponiéndose por principio a cualquier modificación de fondo de las formas de explotación y trabajo de la tierra, a los cambios de los contenidos educativos y a cualquier renovación de las prácticas políticas y culturales. Pero por otro, las nuevas condiciones formaban aceleradamente una burguesía y un proletariado, prácticamente inexistentes en el siglo pasado, que hacían surgir nuevos centros urbanos (Barranquilla, Bucaramanga, Medellín, Cali y las ciudades del Eje Cafetero), sedes del comercio y la industria liviana en rápido proceso de expansión. Se desarrollaba así una clase media administrativa, intelectual y profesional, más cercana a las corrientes universales de pensamiento, y se activaban nuevos conflictos: la tierra, los resguardos, la educación científica, la reivindicación social de los trabajadores y en general de todos los pobres de Colombia.

En esta contradicción, el Estado asumió una política muy específica, denominada por Consuelo Corredor, “modernismo sin modernidad”. Los nuevos rectores, inspirados en las nuevas corrientes del pensamiento liberal entronizadas en Colombia por Rafael Uribe Uribe, en el ideario socialista y comunista universalizado a raíz de la revolución socialista de octubre en Rusia, o todavía en el liberalismo novecentista, clamaban por la democratización y las reformas sociales en el país. Cae el régimen conservador, sube el liberalismo y durante su gobierno, Alfonso López Pumarejo intenta resolver la contradicción. ¡Y ahí fue Troya!: la “acción intrépida” de los leopardos, el fascismo de Gilberto Álzate Avendaño, el catolicismo retrógrado y falangista de Laureano Gómez y los compromisos del santismo con el conservatismo ospinista, finalmente, dieron al traste con el proyecto lopista y con el mismo López Pumarejo, quien en su segundo gobierno desnaturaliza la ley 200 de tierras del año 1936 con la ley 100 de 1944 para, y ya ante el peligro del gaitanismo y el crecimiento del movimiento democrático (popular y comunista), llamar a construir un partido nacional que uniera a las elites, como lo había hecho Rafael Núñez el siglo pasado. Victorioso Gaitán en el año 1946, aunque derrotado para la Presidencia, se inicia la tragedia que todos conocemos.

El Estado colombiano no quiso entender nunca la inconformidad social que reclamaba espacios de participación en los asuntos públicos, en la democratización de la propiedad –sobre todo de la agraria–, en la vida social, en la política y en la cultura.

Álvaro Tirado Mejía, en un estudio sobre el bipartidismo en Colombia, comentaba que las reformas que planteaba López Pumarejo en el programa La Revolución en Marcha (1936), eran necesarias para actualizar el capitalismo raquítico colombiano de las primeras décadas del siglo XX y que incluso eran pertinentes para que la clase dirigente montara un proyecto de nación creíble para todos los colombianos en el contexto del mercado mundial y la cultura occidental. Sólo en la mentalidad estrecha de algunos de sus dirigentes había un complot para convertir el país en “un infierno comunista”. Sin saberlo, generaron el movimiento guerrillero que empezó a ser vocero de la inconformidad social: la respuesta no se hizo esperar por parte del Estado, gestándose la violencia en Marquetalia, El Pato y Guayabero (Tolima), cuando restos de las antiguas guerrillas liberales plantean la lucha por la tierra y se ligan con los campesinos contra el poder terrateniente. En esa lucha por la tierra surgen las FARC bajo la conducción de Manuel Marulanda Vélez.

Ésas son paradojas de la historia. El hoy grupo de terroristas de las FARC nació gracias al terrorismo causado por los bombardeos de los aviones del Estado en el sur del Tolima. Ese tratamiento del Estado de buscar a toda costa la rendición incondicional de los grupos guerrilleros y de negarse a hacer las reformas sociales que hubieran dejado sin piso a la guerrilla, por lo menos en esa época, fue uno de los errores más graves de la reciente historia de la guerra en Colombia. La lucha por la tierra, que ha sido y es generadora de violencia en Colombia, ha cobrado miles de muertos y millones de desplazados con un único ganador, el terrateniente, con el 99% de las tierras cultivables y buenas, y un solo perdedor, el campesino, parcelero y aparcero con tan sólo el 1% de las tierras cultivables. En esta lógica de funcionamiento, la guerrilla fue planteando una lucha reivindicativa por la tierra. Así lo expreso alias “Tirofijo” en el discurso en el Caguán, cuando decía que el Estado le había quitado unas gallinas y unos marranos. Posteriormente fue adquiriendo otras dimensiones y fue planteada como lucha por la toma del poder de una clase por otra, y los campesinos, los obreros y los estudiantes fueron vistos como los motores para mover la lucha de clases. Así se extendió la guerra a la ciudad. Como decía una canción popular de la época: “Con el campesino al frente, con el estudiante al lado, con la guerrilla en el monte y el obrero organizado”, se planteó la errónea idea de “la combinación de todas las formas de lucha”, que contó con la asesoría política –no militar–, del Partido Comunista, donde, por un lado, se planteaba la necesidad de apoyar la lucha armada y penetrar los sindicatos, y por otro, participar en las elecciones. De esa mezcolanza surgió “Alfonso Cano”, proveniente de las juventudes comunistas. La respuesta no se hizo esperar: el ejército terrateniente gamonal trasladó sus grupos paramilitares a las ciudades y cobró la vida de miles de militantes de la Unión Patriótica (UP). Para cerrar el círculo de la barbarie, la guerrilla intensificó la guerra mediante la voladura de puentes, oleoductos, puestos de policía y guarniciones militares, intimidación a las poblaciones y ejecución de presuntos delatores y de todo aquel que no estuviera de acuerdo con ellos. Pero lo más grave es que aparece en esta lógica siniestra la degradación de la guerra: el asesinato político, las ejecuciones sin juicio, el sabotaje y la intimidación de lado y lado, el control de los presupuestos locales, el cobro de vacunas y lo que fue peor, el secuestro con fines económicos y/o políticos del personal civil, para no hablar del cuidado y posterior producción directa de los cultivos de mariguana y coca, lo que constituyó una lucha con objetivos políticos que fue degradándose secretamente en la práctica en un negocio armado ilegal, en un modo de vida rentable desde el punto de vista capitalista. Así, de pronto la guerrilla, en especial las FARC, fueron perdiendo el sentido de la realidad social y política y terminaron humillando la condición humana no sólo de quienes la padecen –los secuestrados–, sino de quienes la ejercen: ellos mismos.

Se les olvidó el río de la vida planteado por Heráclito, la disposición al cambio de acuerdo con las circunstancias de la realidad cambiante. Le sucedió lo mismo que al Estado en la década de los años sesenta, que en lugar de cambiar su lógica de funcionamiento, se aferró al mismo tratamiento que había tenido en el siglo XIX, para el siglo XX, sin entender que habían pasado carros y carretas y ríos por debajo de los puentes de la historia. Ésas son sus paradojas.

MÁS INFORMACIÓN: Cotidianidad de la guerra, utopía de la paz, Gustavo Adolfo Quesada V., texto inédito, copia fotostática, 2006.

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