Publicación Mayo 2008/Mujer/
LAS MUJERES EN LA HISTORIA
50 MOMENTOS CLAVE
Por:
Ángela María Rojas M.
Con el arribo a la edición número cincuenta, Mundo Lector recopiló 50 momentos importantes en la historia de la reivindicación de los derechos de las mujeres. Este recorrido no pretende ser un tratado del feminismo, sino simplemente una selección aleatoria de 50 instantes que sucedidos a lo largo del tiempo nos dan una idea de los avances y retos frente a la situación y participación de la mujer en la historia. Intentan seguir un orden temporal, pero realmente la selección es producto de la memoria a través de lecturas y conversaciones con personas interesadas en el tema.
Estos momentos contribuyeron de manera decisiva, aunque por supuesto no suficiente aún, a la búsqueda por la equidad entre los sexos. Algunos de los avances que se mencionan, aunque lejanos en el tiempo, no han logrado permear todos los sectores sociales; otros, incluso, son ignorados por la gran mayoría de las personas y, sin embargo, han influido poderosamente en la consecución de una real ciudadanía por parte de la mujer. Se aclara que son muchas las personas que quedan sin mencionar y muchos los momentos sin contar.
Cada uno de estos 50 momentos, como una sucesión de pequeñas gotas, ha logrado fracturar las excluyentes estructuras sociales y han contribuido en la construcción de nuevas identidades femeninas, perdurando su efecto hasta nuestros días.
EMPIEZA LA HISTORIA
Trescientos años antes del nacimiento de Cristo, y mientras filósofos como Platón, Aristóteles y Aristófanes proclamaban en la antigua Grecia la inferioridad de la mujer respecto del varón, los llamados sofistas, que consideraban la necesidad de educarse por medio de la reflexión y el pensamiento, manifestaban tal vez por primera vez “la absurda idea” de la igualdad de los sexos.
Por la misma época, mujeres como Trótula de Salerno, con sus teorías médicas sobre la infertilidad, e Hypatía de Alejandría, considerada la mejor matemática del mundo grecorromano antiguo, eran ejemplos de mujeres extraordinarias, silenciadas durante siglos por quienes escribieron nuestra historia. A la llegada de la denominada Edad Media, muchas mujeres, tal vez miles, predicaron y practicaron la alquimia. La mayoría de ellas fueron asesinadas en la hoguera y señaladas como brujas.
Mientras esto ocurría, a finales del siglo XIII, una mujer llamada Guillermine de Bohemia plantea la creación de una iglesia de mujeres, suceso que algunas autoras ubican como el inicio del feminismo.
Habría que esperar doscientos años más, durante el Renacimiento, para que el mundo occidental estuviera listo para iniciar el debate sobre la necesidad de educar a las mujeres, aunque continuaban las discusiones acerca de su naturaleza y sus deberes “naturales”.
Además del debate sobre la necesidad de educar a las mujeres, educación que sólo recibían aquellas que ingresaban a la vida religiosa y las hijas de familias nobles, se fue gestando hacia el siglo XVII una idea que sería muy importante posteriormente en las discusiones sobre la equidad entre los sexos: la idea de que todos los hombres nacen libres e iguales y, por tanto, con los mismos derechos. Es en este período cuando, gracias al interés de algunas mujeres de la nobleza, se abrieron salones culturales con la intención de suplir en parte la necesidad de espacios para que las mujeres de la aristocracia participaran de las discusiones de más alto nivel.
Entre estas mujeres aparecerá en escena una con grandes cualidades literarias: Christina de Pisan, prolífica autora italiana, recordada porque fue la primera mujer en escribir una historia de las mujeres, acudiendo a la razón y no a las escrituras o a la tradición, para rebatir los argumentos misóginos de la época.
Otras mujeres, especialmente las francesas, tuvieron una notable presencia y protagonizaron el movimiento literario y social conocido como preciosismo. Las preciosas, que decían preferir la aristocracia del espíritu a la de la sangre, revitalizaron la lengua francesa e impusieron nuevos estilos amorosos, reaccionando a los mensajes misóginos de obras tan conocidas como Las mujeres sabias de Molière o La culta latiniparla de Quevedo.
Sin embargo, no fueron únicamente las mujeres aristócratas las que contribuyeron a forjar el camino para lograr las garantías de las que hoy disponemos las mujeres. Las mujeres trabajadoras participaron en los grandes acontecimientos históricos de los últimos siglos como la Revolución Francesa y las revoluciones socialistas, exigiendo mejores condiciones de vida. No obstante, aunque estas revoluciones pregonaban la igualdad universal, dejaban sin derechos civiles y políticos a las mujeres.
Justamente durante la Revolución Francesa, tres meses después de la toma de La Bastilla, son las mujeres parisienses las que protagonizarán la marcha hacia Versalles, marcha que obligó el traslado del rey a París.
Realmente, será el XVII el siglo en que se formula el concepto de igualdad a través de la lógica de la razón. Aunque las mujeres quedan inicialmente por fuera de este proyecto de igualdad, la reflexión sobre la igualdad de las mujeres encuentra en esta idea razones legítimas. Cuesta creer que cuatrocientos años después todavía múltiples sectores en el mundo cuestionen la igualdad en términos de derechos y responsabilidades entre los sexos.
Sin embargo, será en este siglo cuando se dan las condiciones para el surgimiento de una obra especialmente significativa, Sobre la igualdad de los sexos. Lo escribe el filósofo Poulain de la Barre, quien a través de un ensayo publicado en 1673, deja de lado la comparación entre la naturaleza del hombre y la de la mujer, comparación en la que se había basado la discusión sobre el tema hasta entonces, e inicia con su obra la verdadera reflexión sobre la igualdad entre los sexos.
Casi cien años después, en 1791, una mujer del pueblo, Olympe de Gouges, escribe la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, la cual dedica a la reina María Antonieta, con quien compartiría su destino en la guillotina.
Tanto Olympe de Gouges como Mary Wollstonecraf, quien redacta la Vindicación de los derechos de la mujer para exigir la igualdad de derechos civiles, políticos, laborales y educativos e incluye el derecho al divorcio como libre decisión de ambas partes, van llevando poco a poco la discusión sobre la igualdad, de la queja individual al debate público, lo que provocó, entre otras cosas, el cierre de los recién abiertos clubes femeninos y la prohibición de todo tipo de participación política de la mujer.
Todos estos antecedentes, sumados a los efectos y problemas producto de la Revolución Industrial, produjeron el caldo de cultivo necesario para comenzar en el siglo XIX las organizaciones feministas que promueven una lucha coordinada y colectiva. Los sueños de terminar con la escasez material que sustentaba el naciente capitalismo se vieron frustrados con una masiva miseria, donde la mujer quedaba la margen de toda la riqueza producida por la industria.
Es en este siglo cuando aparece la figura de Flora Tristán, una mujer latinoamericana reivindicadora de la lucha por las mujeres obreras, quien presenta el Primer Proyecto de una Internacional de Trabajadores.
La situación de explotación de las mujeres trabajadoras más la marginación de la propiedad legal por parte de las mujeres de mayores recursos, así como su exclusión para ingresar a las profesiones liberales, donde sólo el matrimonio prometía un futuro cierto, estimulan el surgimiento del movimiento sufragista.
El diputado John Stuart Mill presenta en 1866 la primera petición a favor del voto femenino en el Parlamento y se enfrenta a la burla e indiferencia de los políticos. Sin embargo, las sufragistas continuaron luchando para que las mujeres pudieran acceder al voto, con el fin de cambiar las leyes e instituciones que impedían su inclusión social plena. Muchas de ellas fueron encarceladas, participaron en huelgas de hambre e incluso encontraron la muerte defendiendo el derecho al voto de las mujeres.
Pero será otro filósofo, Frederich Engels, quien con una obra titulada El origen de la familia da fundamentos para argumentar que la sujeción de las mujeres tiene causas sociales y no biológicas. Las causas serían la exclusión de la producción social y por ende de la propiedad, reflexión que no cae muy bien a todos los socialistas, muchos de los cuales no estaban de acuerdo con la igualdad sexual. El movimiento sufragista se va haciendo más fuerte y dos mujeres, Elizabeth Candy Stanton y Susan B. Anthony, se convierten en las sufragistas estadounidenses más significativas. La primera convocó en 1848 el primer congreso para reclamar los derechos civiles de las mujeres.
Entre tanto, en un desconocido país latinoamericano llamado Colombia, también las mujeres luchan por acceder a mejores condiciones de vida. La antioqueña María Rojas Tejada funda el primer Centro Cultural Femenino en el municipio de Yarumal, con el fin de mejorar la educación brindada hasta entonces a las mujeres. El centro fue muy mal visto y recibió todo tipo de críticas.
A su vez, María Cano encabezaba jornadas masivas por las libertades políticas y los derechos civiles de los trabajadores, y Débora Arango, con sus descarnados desnudos femeninos, escandalizaba a hombres y mujeres de su época, revelándose contra la pintura permitida a las mujeres y expresando su opinión y crítica política en sus obras.
Finalmente, el movimiento sufragista va haciendo mella y será en 1920 que la enmienda 19 de la Constitución Norteamericana reconocerá el derecho al voto sin discriminación por sexo. Ocho años más tarde las mujeres inglesas votarían por primera vez.
En Colombia, mientras tanto, cerca de 1400 mujeres indígenas provenientes de ocho departamentos firmarían en 1927 el Manifiesto de los Derechos de la Mujer Indígena. Las décadas de los años treinta y cuarenta se concentraron en nuestro país en las luchas por el derecho de las mujeres a administrar sus bienes, por lograr su independencia económica y el acceso a la educación secundaria y universitaria.
Un ejemplo de ello es el proyecto de ley presentado por Georgina Fletcher y un grupo de mujeres sobre el régimen de Capitulaciones matrimoniales, el cual fue aprobado finalmente, a pesar del escándalo y la persecución en 1932. Veinte un años antes, una mujer polaca obtenía por primera vez el Premio Nobel. Marie Curie, física y química se convirtió no solamente en la primera mujer en ser galardonada con este premio, sino la única en obtenerlo por segunda vez. Años más tarde, cerca de la mitad del siglo XX, cuando la mujer francesa ya había logrado el derecho al voto y algunos derechos civiles, la filósofa Simone de Beauvoir redacta su obra El segundo sexo, donde expresa la conciencia de descubrir que no se nace mujer, sino que producto de las condiciones sociales se llega a serlo.
Han pasado muchas cosas, pero Colombia tendría que esperar hasta 1957 para que sus mujeres pudieran ejercer el derecho al voto, sesenta y cuatro años después de que lo hicieran las mujeres de Nueva Zelanda, un derecho logrado teniendo como antecedente la Declaración universal de los derechos humanos, publicada en 1948, así como la presión ejercida por las mujeres, pero, hay que reconocerlo, gracias al discurso paternalista y a los intereses políticos de la época. La igualdad política y jurídica reclamada por la mujer en el siglo XIX y conquistada en el siglo veinte, si bien permitió que la mujer fuera propietaria de sus bienes y en general que naciera como persona jurídica, no significó cambios fundamentales en su rol doméstico y sexual.
Algunos derechos por los cuales durante tantos siglos se había luchado, se estaban logrando. Sin embargo, una profunda insatisfacción embargaba a las mujeres. ¿Por qué, a pesar de ser esposas y madres, muchas de ellas sin dificultades económicas gracias al trabajo de sus esposos, no eran felices? La escritora norteamericana Betty Friedman logró evidenciar esta insatisfacción en su obra La mística de la feminidad y sería ella quien además iniciara una de las organizaciones más poderosas de los Estados Unidos: la Organización Nacional para las Mujeres (NOW)
Pero también la medicina, concretamente la sexología y la neuroendocrinología, darán la razón a estas autoras. A través del trabajo incansable del médico John Money sobre hermafroditismo, se reconoce que el papel de la crianza y la socialización en la identidad sexual, es decir ser mujer (o ser hombre) no es únicamente un resultado biológico, sino también un producto de la cultura.
Llegarán los años sesenta y con ellos los actos públicos de los movimientos feministas, como la quema de sujetadores y corsés, la práctica de grupos femeninos de autoconciencia o la creación de centros para mujeres maltratadas, donde expresaban la opresión de la que se sentían objeto.
Y con todo ello, la popularización de la famosa pero poco reconocida toalla higiénica. Aunque inventada a finales del siglo XIX, fue después de los años treinta cuando se empezó a usar de manera más frecuente, para luego pasar a ser utilizada en todo el mundo. Más que la píldora, la toalla higiénica significó un avance importante para la acción de la mujer en la esfera pública de manera permanente y con la comodidad necesaria.
Otro momento inolvidable es la publicación del famoso Informe Hite (1976), donde por primera vez una mujer, Shere Hite, hablará abierta y científicamente de la sexualidad de las mujeres. Este libro significó para muchas mujeres la posibilidad de empezar a hablar y entender su sexualidad sin culpa. Por primera vez se pensaba que también las mujeres tenían derechos sexuales, derecho a disfrutar del orgasmo, derecho a disfrutar de la masturbación, derecho a elegir libremente a su compañero sexual.
Todo lo anterior contribuyó a que se reconsideraran las penas impuestas a los hombres que asesinaban a sus parejas por celos. Se reconoce que este homicidio no puede ser catalogado de manera diferente del resto de los homicidios, ni justificarse alegando que la ira y el intenso dolor provocado por los celos o el comportamiento de las mujeres legitimaban este delito.
Llegamos al final del siglo XX y con él empieza a tomar fuerza el denominado feminismo institucional. Se crean numerosos ministerios y grupos de presión, ubicados ya no fuera sino dentro del sistema estatal. Hoy son numerosísimos los grupos, organizaciones y personas que ocupan puestos directivos en instituciones estatales encargadas de pensar y ejecutar proyectos en pro de la mujer. Un ejemplo en Colombia fue la creación de la Consejería de la Mujer.
Otro campo muy prolífico a finales del siglo XX fue y sigue siendo la reflexión del tema de la mujer en ámbitos académicos. Cada vez más universidades incorporan dentro de sus cursos y planes de estudio la reflexión sobre la cuestión femenina. Ejemplos muy significativos se encuentran en las Universidades Nacional de Colombia, Universidad del Valle y Universidad de Los Andes.
Hoy es común el estudio de las identidades y la diversidad, estudios que se han incorporado para pensar el tema de la mujer. Grupos de mujeres negras, lesbianas o indígenas reclaman una mirada y una solución particular a sus problemáticas. Se reconoce la heterogeneidad y la diversidad de las mujeres. No todas somos santas, buenas y madres.
Cada vez más la soltería es una opción de vida para la mujer, así como la libre elección para tener o no hijos; por lo menos en los países desarrollados y en aquellos sectores con educación avanzada, esto comienza a ser una realidad. Quienes trabajan el tema de la mujer comprenden que no es suficiente que en el papel la ley se escriba la igualdad para hombres y mujeres si continúan existiendo numerosos obstáculos en la vida cotidiana que impiden la expresión real de dicha igualdad. Por lo tanto se implementan las llamadas políticas de acción positiva.
Una de estas experiencias la lideró el ex alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, quien en la primera década del siglo XXI nombró en las 20 alcaldías locales, por primera vez en la historia de Bogotá, únicamente a mujeres.
Dicha experiencia lleva a su máxima expresión la denominada Ley de cuotas, que consiste en asegurar la representación de mujeres en todos los cargos públicos. Esta ley menciona que en los cargos de libre nombramiento y remoción en los niveles decisorios del Estado se deberá contar con el nombre de al menos una mujer.
Llegamos, finalmente, al instante número 50. Son muchos los momentos que quedan y que debieron ser contados, pero este instante es el momento de la responsabilidad que tenemos hombres y mujeres para hacer de nuestra vida, de una vez por todas, un modelo de equidad para mujeres y hombres.