Publicación Mayo 2008/Lectura/
EN BUSCA DE LA MUSA
PARA EL JOVEN LECTOR
Por:
Marisol Alzate Duque
marialdu@hotmail.com
En la sociedad del conocimiento, en medio de la realidad tecnológica de nuestro tiempo, ¿será posible seguir considerando que fomentar la lectura en los jóvenes es una tarea de titanes? Frente a las circunstancias que dan piso a esta inquietud, la respuesta sería más que afirmativa.
En sus primeros años de vida a los niños se les muestra el mundo a partir de los más variados sonidos, el impacto de un arco iris, la magia de un aroma y el roce con cualquier tipo de objeto, que despiertan sus sentidos y captan la experiencia de vivir a través de ellos. En ese momento de la vida, leerle un cuento para ingresarlo al mundo no es contemplado, pues podría pensarse que no tiene la edad para asimilar un proceso tan elaborado para su mente infantil. Entonces, se descarta la idea de captar su atención con una lectura y, en el mejor de los casos, se le pondrá alguna melodía grabada para calmar su ansiedad ante alguna necesidad insatisfecha.
A esta edad los niños aún no se han desprendido de sus primeros juguetes cuando ya dominan la tecnología en todas sus facetas. A la magia de los artefactos tecnológicos, que acaparan toda la atención de los jóvenes, se une el inmenso poder que ejercen sobre ellos los medios de comunicación, en especial los audiovisuales. Ésta es una razón muy poderosa para desplazar los libros, ya que esa caja mágica le ofrece maravillas visuales y auditivas instantáneas. Infortunadamente, la dinámica social ha desarrollado valores y formas de vida que van en contra de las condiciones favorables para leer y tener espacios que beneficien la concentración y la soledad.
Como es de esperarse, en una sociedad escasamente alfabetizada, la lectura que brindan los medios es superficial. La televisión, por ejemplo, ofrece una cantidad de información sin codificar, una realidad segmentada con cientos de matices, que sólo quien posee un poco de educación está preparado para “leerlos” e interpretarlos con el mejor criterio. Los jóvenes de hoy se ven abocados al contacto, sin mediación, de la tecnología, al ímpetu de un videojuego y de la exploración sin límite de la red. En ese frenesí no cabe el estímulo a una lectura que, por formadora e interesante que sea, no logra importarles por el esfuerzo que implica leer y comprender lo que leen. La oportunidad de acceder a miles de posibilidades informativas hace atractivo el uso de la Internet; sin embargo, aunque la información es abundante, la lectura es pobre y no se profundiza en lo esencial; tampoco hay lugar para que lo haya. Entonces, ante este raro panorama, surge la inquietud: ¿qué hacer ante el saber sin reflexión?
En este sentido, el poco y nulo interés de los jóvenes por la lectura no es en realidad culpa de ellos. Tener o no tener este hábito surge en el mismo hogar. Si la costumbre de leer no ha sido inculcada en la familia, difícilmente podrá ser adquirido por ellos mismos cuando no se han dado las condiciones para conseguirlo.
UN PLACER EN CONSTRUCCIÓN
Desde tiempos medievales e incluso más remotos, los libros fueron instrumentos exclusivos, prácticamente sagrados para diferentes culturas, cuyo acceso sólo era limitado a las clases privilegiadas. Una de las razones era que el ingreso a la educación no sólo era reservado a la monarquía y la aristocracia, sino que resultaba muy compleja la divulgación del conocimiento. Los libros se reproducían a partir de la transcripción paciente de los monjes que en solitario dedicaban horas y horas a escribir con pluma y candelero el cúmulo de conocimientos obtenidos hasta ese momento. Con la aparición de la imprenta, la entrada al conocimiento empezó a ser una realidad. El invento de Gutenberg permitió la transmisión física del saber y el despertar del letargo de la Edad Media. Las clases favorecidas de las diferentes épocas fueron las llamadas a disfrutar de los privilegios del libro, pero éste poco a poco se fue acercando a las clases más populares.
Hasta hace unas décadas las costumbres y el estilo de vida más tranquilo que existía en nuestras sociedades permitían un mejor aprovechamiento de la lectura. Todo era más sencillo. Los niños de las minorías ilustradas crecían con los libros. Madres, institutrices, familia, visitas y el entero círculo social en el que vivían no se habría entendido sin las referencias a los libros. La lectura se hacía de manera más consciente y sin mayores distracciones. No sólo era un privilegio propio de las clases sociales más prestantes, sino que en las familias humildes también se podía ver la costumbre.
La industrialización y los avances de la ciencia llevaron a transformar la vida rápidamente y de manera inevitable la tradición romántica de la lectura comenzó a disminuir hasta llegar al momento en el que el placer de leer y formarse a partir de un buen libro, cambió por la parafernalia de la tecnología y de los medios de comunicación.
CÓMO INCULCAR EL AMOR POR LA LECTURA
Ante el oscuro panorama de los jóvenes de hoy no se puede sucumbir. Las razones son claras y la forma de enfrentar esta realidad es compleja. No obstante, la cruzada por inculcar el amor por los libros es posible y basta con generar las condiciones que contribuyan a la formación de este hábito para el cultivo del pensamiento.
En un primer intento por acercar a los jóvenes a la lectura no debe caerse en el error de imponer unos textos según el criterio del maestro. Como orientador del proceso, él debe conocer un poco los intereses de los jóvenes y, aunque algunos contenidos estén incluidos en el currículo, pueden sugerirse otros como parte de sus propios gustos e intereses. A muchos jóvenes que disfrutan de las historias de aventuras, por ejemplo, les encantaría conocer las peripecias del inquieto Tom Sawyer o Huckleberry Finn, dos traviesos chicos norteamericanos del siglo XIX. Algunos se sentirán identificados con sus travesuras y otros se cautivarán con sus historias de vida, sus valores, miedos y alegrías.
Nada más estimulante para despertar el intelecto que tomar la sugerencia del maestro o de quien haya leído y disfrutado un buen libro. Hablar con pasión de una buena historia, narración y mensaje conduce a una lectura libre, sin presiones y a un interés sincero por conocer las experiencias que ese buen libro ofrecerá. En otro sentido, si no basta con una sugerencia motivadora, el acompañamiento en la lectura de los textos es una estrategia adecuada y segura para despertar el interés en los jóvenes. No sobra decir que las lecturas deben ser, en lo posible, suficientemente interesantes para hacer dicho acompañamiento.
No obstante, no se aconseja que lean primero los clásicos, ya que la mayoría de ellos no fueron escritos para el público juvenil. Las lecturas no sólo deben ser amenas para los jóvenes, sino cortas. El impulso inicial para enganchar al curioso lector se puede perder con lecturas demasiado extensas, en las que se pierde el interés por la historia y la narración. Mientras surge ese gusto por textos más elaborados y complejos, conviene la lectura corta de enciclopedias, historietas, revistas y otros.
Otro aspecto clave que se debe tener en cuenta es el lugar donde se lee. Un aula de clase, por ejemplo, no es el lugar adecuado para hacer una buena lectura, debido a que la dispersión y el bullicio de los estudiantes no propician el momento. Si se genera un sitio apropiado, libre y tranquilo, el resultado será mejor. El reto es grande para quienes cuentan con la grata experiencia de haber explorado el universo de uno o muchos libros. La mejor manera de inculcar ese gusto es compartir las emociones que dejó el texto en la memoria de quien lo leyó y se dejó transportar por la magia de su prosa, de una historia, de un mensaje que siempre estará ahí para ser descubierto e interiorizado.
La tarea es iniciar la chispa del buen lector, sin importar si es mediante una novela, un cuento, un texto científico, artístico, literario o un poema. La curiosidad por el saber y el tener nuevas emociones puede despertar y no irse jamás si se logra mantener vivo este efecto transformador en los jóvenes.
La misión es hacerles comprender a grandes y chicos que los libros son nuestros amigos, que nos hablan cuando nosotros queramos, cuando necesitamos de su compañía; ellos nos enseñan, nos hacen reír y llorar, nos llevan a lugares insospechados y nos convierten en cómplices de grandes y pequeños secretos. Si los abandonamos, esperan hasta que nuevamente decidimos volver a disfrutar de su compañía. Con un amigo que nos aporta todo no se le puede abandonar y debe ser parte de nuestros más profundos afectos.