Publicación Marzo 2008/Historia/ Sociedad y tiempo libre
Por:
Alonso Ramírez Campo.
Los obreros se han tomado la vía frente al edificio que ellos construyen. Han invadido la calle a pleno sol, al mediodía, ni más ni menos que con un partido de fútbol. Mi compañero de ruta va al timón y ha tenido que suspender la marcha del vehículo. Me comenta alarmado: “Explíqueme, maestro, ¿qué sentido tiene esto?”. Y añade, contestándose él mismo: “Esta gente, en lugar de reposar, de echarse su siesta, allí, en el prado, después del almuerzo, se empeña en agotarse. ¡Cómo le parece, agregar otra fatiga más a la fatiga de la jornada! Porque no hay nada más extenuante que un partido de fútbol. De Los hilos invisibles del tejido social Nicolás Buenaventura
El mundo laboral se volvió aburrido. En un tiempo, danzar y sembrar era la misma cosa. Se bailaba para sembrar. El trabajo era fiesta y alegría, con despliegue de goce y subjetividad. En el Renacimiento, el gremio de artesanos era tan cotizado como lo es hoy el gremio de actores de cine y televisión. En esa época hacer un zapato o una joya era tan obra de arte como el que hacía escultura o pintura. Era un trabajo lúcido y creativo, cargado de magia y espontaneidad. Pero en un tiempo todo ha cambiado, la savia del trabajo se ha secado. Los trabajos se volvieron compartimientos y el trabajador moderno se especializó en hacer autopartes, ya no fabrica la totalidad del producto. Ahora uno hace la hebilla, otro la suela, otro lo pega y otro lo tintura, y ninguno sabe hacer un zapato. Carlos Marx definió este proceso como “trabajo alienado”, porque el sujeto pierde la inteligencia laboral y termina mecanizado, sin iniciativa y finalmente objetivado.
Hace un tiempo, el arte y la industria eran la misma cosa. Uno podía ver a un Miguel Ángel montado en un andamio picando el techo del Vaticano durante días, sin bañarse, apenas con tiempo para comer algo porque no podía perder la inspiración, porque sabía que un diminuto tiempo empleado sería inmenso en el vivir para la humanidad. Lo mismo hacía Leonardo Da Vinci, que concedía todo el tiempo posible, pero éste era un tiempo maravilloso, creativo, lúcido y, por supuesto, como dicen ahora en las empresas, eficaz y eficiente. Era un tiempo total y su secreto, su fascinación, era un juego estético. Jugar a lo bello es lo más sublime, decían los románticos estetas alemanes, porque es el instante de la más alta existencia.
Pero desde el siglo XVIII, con la experiencia de la Revolución Industrial, el mundo se volvió feo. Aparecieron las ciudades de concreto, de hierro, de polución por las máquinas que operan en las factorías, que reunieron por primera vez en la vida ejércitos de trabajadores presurosos para llegar a las fábricas, pero también para salir después de la jornada agobiante. Ese trabajo producto de la “la gran revolución industrial” impulsada por la sociedad occidental y que operó en un comienzo en las ciudades inglesas como Manchester y Liverpool, lo mismo que en las ciudades francesas, holandesas y alemanas, terminó expandiéndose por los Estados Unidos y llegó tiempo después a las ciudades latinoamericanas. En poco tiempo todo cambió sobre la faz de la tierra. La vida se volvió cuantitativa, todo empezó a pesarse para la venta; ahora el lugar que ocupaban el artesano de objetos materiales, que era tan artista como los grandes pintores y escultores de la época, es ocupado por una fuerza de trabajo pura, de solo músculos y venas, sin espíritu ni inspiración alguna. Desde entonces la lucha de los sindicados ha sido solo una: trabajar cada vez más, porque ir a una fiesta a sentarse y aburrirse, a no bailar y quedarse mirando a los otros, es una prohibición; es mejor quedarse en casa. Dicho de otra manera, el trabajo cuando deja de ser una fiesta pierde su esencia, su magia, su hechizo. Ahora es rutina. Por eso cuando uno ve a los obreros que juegan en las vías, en lugar de descansar, como le dice el compañero a Nicolás Buenaventura, entiende que una cosa es matar el tiempo y otra es el tiempo para matar.
La sociedad del tiempo libre ya no se puede detener ahora. El tiempo es oro, pero como ocio, y está surgiendo la industria del entretenimiento que nos dice al oído: “Si quieres divertirte, ¡págame!”. Y los Estados pagan cualquier cantidad de dinero en los festivales de verano, que en Bogotá son en invierno, porque consideran que un vago y un desocupado son peligrosos. Grave equivocación. Ahora que la escuela ya no da abasto para encerrar y vigilar a los muchachos, es necesario divertirlos de acuerdo con los gustos del consumo, haciéndoles creer que son ellos los nuevos ego-gregarios que recorren el mundo como un fantasma, pero esta vez de carne y hueso.
